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ANÁLISIS/POLÍTICA.

Neuquinidad o “neuquinizate”: identidad… ¿o dispositivo de control? ¿pone en riesgo la calidad republicana?

La neuquinidad fue, quizá, el hallazgo político más potente de Rolando Figueroa: autonomía, Vaca Muerta y “Neuquén primero” como contraseña de pertenencia. Pero cuando una identidad pretende ser la llave maestra que explica y justifica todo, también exhibe sus costuras. Este texto no minimiza ese capital simbólico; pregunta si, convertida en dispositivo de poder, la neuquinidad comienza a tensionar la calidad republicana.

 Fotografía del edificio de la Legislatura de la provincia de Neuquén.
La gobernanza con identidad y controles es uno de los temas centrales del debate político en la provincia.

Por “neuquinizar” entendemos el intento de reencuadrar instituciones de prestigio (UNCo, becas, medios, organizaciones sociales) bajo la marca identitaria del gobierno mediante nombramientos, calendarios y mensajes que subordinan su autonomía a un relato de pertenencia. Decir que la UNCo “es de todos” y, acto seguido, neuquinizarla como escala de poder no es lo mismo. La universidad, las becas o el sistema de medios no son tótems que puedan re-etiquetarse según el clima de campaña: son instituciones con reglas. Cuando el Estado “rebautiza” en nombre de la pertenencia, asoma la apropiación simbólica: la neuquinidad deja de ser bien común y empieza a comportarse como marca registrada.

Esa lógica se refuerza con un estilo de mando corto—dos o tres superministros, licencias cruzadas, secretarías superpoderosas. La concentración puede dar velocidad, pero estrecha la deliberación y empobrece el control interno. Si la identidad pretende resolverlo todo, ¿para qué abrir juego a otros sectores institucionales como intendencias, sindicatos o comunidades? Lo que luce como fortaleza gerencial delata, en realidad, aversión al riesgo y una debilidad de fondo: baja tolerancia al disenso.

La lucha contra la corrupción es irrenunciable pero convertirla en escarnio es incivilidad. Estigmatizar a colectivos enteros—beneficiarios de planes, empleados administrativos—o exhibir sumarios en plaza pública degrada la esfera cívica, inhibe a denunciantes genuinos y transforma la justicia en espectáculo. En una república, el orden se acredita con debido proceso, evidencia y métricas verificables; no con afiches morales ni linchamientos mediáticos.

También aquí vale una prueba de realidad. Becas “gigantes”, microcréditos, apoyos a emprendedores, programas para mujeres, modernización universitaria: el envase promete, el contenido se valida con datos abiertos. ¿Cuál es el monto promedio por beneficiario? ¿Qué criterios de asignación y padrones se publican? ¿Cómo sigue la trazabilidad del gasto, la ejecución contra el presupuesto y las metas trimestrales? En becas, ¿qué pasa con la permanencia y graduación? En microcréditos, ¿cuál es la tasa efectiva, la morosidad y el costo administrativo? Sin estas respuestas, la neuquinidad es etiqueta; las políticas se sostienen con presupuesto, reglas y resultados medibles.

Quienes defienden el enfoque oficialista argumentan autonomía provincial, velocidad decisional y orden frente al centralismo. Es una agenda legítima. Justamente por eso conviene subir la vara: autonomía madura significa más controles cruzados, no menos; velocidad con rendición de cuentas; orden con debido proceso. Defender Neuquén frente al centralismo suma; convertir “Neuquén primero” en coartada para debilitar contrapesos resta. Universidad realmente autónoma, órganos de control con dientes, prensa con información y justicia lejos del ring son condiciones de posibilidad de esa misma autonomía.

A esto se agrega un patrón político: identidad + lealtad por encima de identidad + pluralidad. Las rupturas exprés con aliados que pasan a ser “traidores” revelan coaliciones frágiles y una autoestima hipersensible.

El test que este relato aún no supera es simple y verificable: instituciones “de todos” con actas, datos abiertos y auditorías; gabinete plural con competencia interna sana y protocolos de transparencia; anticorrupción con procesos; metas a 90/180/365 días en tableros públicos que conviertan “Neuquén primero” en indicadores primero; y tono civil: crítica dura, sí; estigma, no. La cuestión no es si la épica emociona, sino si se sostiene con pruebas.

En ese marco, las denuncias difundidas recientemente sobre un operativo judicial y policial dentro de un jardín de infantes en horario escolar, para ejecutar una medida en un expediente de familia vinculado al secretario de Prensa y Comunicación, Claude Staicos, tensionan el límite entre orgullo identitario y aparato estatal al servicio de los propios. Son versiones en disputa que requieren aclaración oficial y judicial (fundamento legal y proporcionalidad), pero bastan para encender alarmas sobre separación de poderes, debido proceso y prudencia institucional en ámbitos sensibles. Cuando el Estado aparece sobrerrepresentado, la discusión deja de ser la neuquinidad y pasa a ser la calidad republicana con que se la ejerce.

Neuquén no necesita que lo neuquinicen; necesita que lo gobiernen con identidad y controles. Si el relato es poderoso, que se someta a la misma vara que exige: datos, diversidad y ley. Solo ahí—y no en la etiqueta—se prueba la verdadera pertenencia.

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Esta nota fue elaborada a partir de un análisis político sobre la neuquinidad. AIRESNUEVOSNQN se ampara en la Constitución Nacional, la Ley 26.032 y tratados internacionales que garantizan la libertad de prensa y el derecho a informar sobre asuntos de interés público.

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